Historia de las CEB

Historia de las CEB

Las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) son un modelo eclesial que surge por la fuerza del espíritu santo en el contexto renovador del Concilio Vaticano II. Su trayectoria es reconocida como focos de evangelización y motores de liberación en América Latina (Medellín 15, 10; Puebla 96).

Surgen como respuesta a la necesidad de vivir con mayor coherencia el seguimiento de Jesucristo, formando pequeñas comunidades de personas que se reúnen a meditar la Palabra de Dios, comparten y celebran su fe, juntos buscan caminos para transformar la realidad social desde la perspectiva del Reino.

Las CEBs han enriquecido a nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña con su presencia comunitaria, servicios, ministerios y celebraciones, desde hace más de 40 años. Las CEBs por ser célula y modelo de Iglesia comunitaria, profética, misionera y martirial, con su ritmo y proceso, marcadas por la realidad social y eclesial de nuestros pueblos, son distintas a otras expresiones eclesiales como los Movimientos y grupos pastorales que están en la dimensión carismática o de servicio.

El fin último de las CEB es el Reino de Dios entre los hombres y las mujeres, es decir, promover e implantar relaciones fraternas de ayuda mutua, amistad, apoyo, cooperación, armonía que reflejen la presencia del Dios de la Vida en todos y todas. Este fue el ideal que nos dejó Jesucristo, por el que vivió y murió; su Resurrección es la certeza de que este es el camino por el que debemos continuar. La ausencia de justicia, vida digna para todos y todas, paz, igualdad, armonía… son la evidencia de la cerrazón de muchos corazones al proyecto de Jesús y las CEB sienten la urgencia de ser testimonio vivo de los valores del Reino y proclamar la Palabra y obra del amor de Dios, que Jesús vive y nos anima mientras el Espíritu Santo nos impulsa a renovarlo todo. Las CEB, convencidas de la necesidad de trabajar por el Reino, buscan convencer a otros y contagiarles entusiasmo, sabiendo que en esta convicción y esfuerzo se encuentra sentido a la existencia humana y la verdadera felicidad. Los cinco pasos del método son una herramienta para cumplir nuestra misión (ver, pensar, actuar, evaluar, celebrar).

Las Comunidades Eclesiales de Base tienen desde hace muchos años instancias de intercambio a nivel

Latinoamericano. Relevante es el Encuentro Latinoamericano que se celebra con una periodicidad de cada cuatro años, aunque este ritmo en ocasiones ha variado. A este Encuentro asisten obispos, sacerdotes, laicos y laicas, religiosas. En ocasiones ha habido invitados de otros países como es el caso de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, España.

 

LAS CEB EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Concilio Vaticano II es un parteaguas en la vida de la Iglesia Católica que, sensible a los desafíos del mundo, asumió como suyos los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres, sobre todo de los pobres (GS,1).

Las cuatro Conferencias Episcopales Latinoamericanas posteriores a Vaticano II recogen las orientaciones del Concilio desde la realidad de América Latina y nos animan a impulsar el modelo de las CEB:
a) Medellín, Colombia (1968). Denuncia con gran profetismo las estructuras sociales que generan pobreza y llama a promover la justicia social. Se pide claramente que se promueva la experiencia comunitaria desde la base.

“Que se procure la formación del mayor número de comunidades eclesiales en las parroquias, especialmente rurales o de marginados urbanos. Comunidades que deben basarse en la Palabra de Dios y realizarse, en cuanto sea posible, en la celebración eucarística, siempre en comunión con el obispo y bajo su dependencia.
La comunidad se formará en la medida en que sus miembros tengan un sentido de pertenencia (de “nosotros”) que los lleve a ser solidarios en su misión común, y logren una participación activa, consciente y fructuosa en la vida litúrgica y en la convivencia comunitaria. Para ello es menester hacerlos vivir como comunidad, inculcándoles un objetivo común: el alcanzar la salvación mediante la vivencia de la fe y el amor” (Medellín # 6,13).

“La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla el cristiano en su comunidad de base: es decir, una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientada a la transformación de esas comunidades en familia de Dios, comenzando por hacerse presente en ellas como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad. La comunidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo.

Elemento capital para la existencia de comunidades cristianas de base son sus líderes y dirigentes. Estos pueden ser sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas o laicos. Es de desear que pertenezcan a la comunidad por ellos animada. La detección y formación de líderes deberá ser objeto preferente de la preocupación de párrocos y obispos, quienes tendrán siempre presente que la madurez espiritual y moral dependen en gran medida de la asunción de responsabilidades en un clima de autonomía.

Los miembros de estas comunidades, viviendo conforme a la vocación a que han sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado, sacerdotal, profética y real, y hagan así de su comunidad un signo de la presencia de Dios en el mundo” (Medellín # 15,10-11).

b) Puebla, México (1979). Es una Conferencia esperanzada, agradecida por los frutos que está cosechando el trabajo pastoral en América Latina, en ella se ratifica y respalda con gran fuerza el trabajo de las CEB.

“Las Comunidades Eclesiales de Base que en 1968 eran apenas una experiencia incipiente, han madurado y se han multiplicado, sobre todo en algunos países, de modo que ahora constituyen motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia. En comunión con el Obispo y como lo pedía Medellín, se han convertido en focos de Evangelización y en motores de liberación y desarrollo” (Puebla # 96).

“La Comunidad Eclesial de Base, como comunidad, integra familias, adultos y jóvenes, en íntima relación interpersonal en la fe. Como eclesial es comunidad de fe, esperanza y caridad; celebra la Palabra de Dios en la vida, a través de la solidaridad y compromiso con el mandamiento nuevo del Señor y hace presente y actuante la misión eclesial y la comunión visible con los legítimos pastores, a través del servicio de coordinadores aprobados. Es de base, por estar constituida por pocos miembros, en forma permanente y a manera de célula de la gran comunidad. Cuando merecen su título de eclesialidad, ellas pueden conducir, en fraternal solidaridad, su propia existencia espiritual y humana.

Los cristianos unidos en comunidad eclesial de base, fomentando su adhesión a Cristo, procuran una vida más evangélica en el seno del pueblo, colaboran para interpelar las raíces egoístas y consumistas de la sociedad y explicitan la vocación de comunión con Dios y con sus hermanos, ofreciendo un valioso punto de partida en la construcción de una nueva sociedad, la civilización del amor.

Las Comunidades Eclesiales de base son expresión del amor preferencial de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ellas se expresa, valora y purifica su religiosidad y se le da posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar el mundo” (Puebla # 641-643).

c) Santo Domingo, República Dominicana (1992). En el contexto de los 500 años de evangelización en América, la Conferencia llama a impulsar una nueva evangelización inculturada. Las CEB aparecen como modelo eclesial vital y misionero.

“La comunidad eclesial de base, es célula viva de la parroquia, entendida ésta como comunión orgánica y misionera… Son un signo de vitalidad de la Iglesia, instrumento de formación y de evangelización, un punto de partida válido para una nueva sociedad fundada sobre la civilización del amor... Hoy, como signo de los tiempos, vemos un gran número de laicos comprometidos en la Iglesia: ejercen diversos ministerios, servicios y funciones en las comunidades eclesiales de base... Aumenta así el sentido evangelizador de los fieles cristianos. Los jóvenes evangelizan a los jóvenes. Los pobres evangelizan a los pobres... Multiplicar las pequeñas comunidades, los grupos y movimientos eclesiales, y las comunidades eclesiales de base” (Santo Domingo # 61, 95, 259)

d) Aparecida, Brasil (2007). La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño reafirmó la validez de las Comunidades de Base

“En la experiencia eclesial de algunas iglesias de América Latina y de El Caribe, las Comunidades Eclesiales de Base han sido escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos y misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades, como están descritas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2, 42-47). Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización. Puebla constató que las pequeñas comunidades, sobre todo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la Palabra de Dios, al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos”...(D.A. 178)

“Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus Pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad y en la Iglesia”...(D.A. 178)

En la Encíclica Redemptoris Missio (1990) se valora a las comunidades eclesiales de base como un signo de vitalidad de la Iglesia:

“Un fenómeno de rápida expansión en las jóvenes Iglesias, promovido, a veces, por los obispos y sus conferencias como opción prioritaria de la pastoral, lo constituyen las «comunidades eclesiales de base» (conocidas también con otros nombres), que están dando prueba positiva como centros de formación cristiana y de irradiación misionera. Se trata de grupos de cristianos a nivel familiar o de ámbito restringido, los cuales se reúnen para la oración, le lectura de la Escritura, la catequesis, para compartir problemas humanos y eclesiales de cara a un compromiso común. Son un signo de vitalidad de la Iglesia, instrumento de formación y de evangelización, un punto de partida válido para una nueva sociedad fundada sobre la civilización del Amor.

Estas comunidades descentralizan y articulan la comunidad parroquial a la que permanecen siempre unidas; se enraízan en ambientes populares y rurales, convirtiéndose en fermento de vida cristiana, de atención a los últimos, de compromiso en pos de la transformación de la sociedad. En ellas cada cristiano hace una experiencia comunitaria, gracias a la cual él también se siente un elemento activo, estimulado a ofrecer su colaboración en las tareas de todos. De este modo, las mismas comunidades son instrumento de evangelización y de primer anuncio, así como fuente de nuevos ministerios, a la vez que, animadas por la caridad de Cristo, ofrecen también una orientación sobre el modo de superar divisiones, tribalismos y racismos.” (RM # 51)

El fin último de las CEB es el Reino de Dios entre los hombres y las mujeres, es decir, promover e implantar relaciones fraternas de ayuda mutua, amistad, apoyo, cooperación, armonía que reflejen la presencia del Dios de la Vida en todos y todas. Este fue el ideal que nos dejó Jesucristo, por el que vivió y murió; su Resurrección es la certeza de que este es el camino por el que debemos continuar. La ausencia de justicia, vida digna para todos y todas, paz, igualdad, armonía… son la evidencia de la cerrazón de muchos corazones al proyecto de Jesús y las CEB sienten la urgencia de ser testimonio vivo de los valores del Reino y proclamar la Palabra y obra del amor de Dios, que Jesús vive y nos anima mientras el Espíritu Santo nos impulsa a renovarlo todo. Las CEB, convencidas de la necesidad de trabajar por el Reino, buscan convencer a otros y contagiarles entusiasmo, sabiendo que en esta convicción y esfuerzo se encuentra sentido a la existencia humana y la verdadera felicidad. Los cinco pasos del método son una herramienta para cumplir nuestra misión (ver, pensar, actuar, evaluar, celebrar).

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